Escrito por:
Enmanuel Moreta (Estudiante de derecho UNIBE, colaborador blog GRED-UNIBE)
“La ética es la convicción humana de que no todo vale por igual de que hay razones para preferir un tipo de actuación a otro”. Fernando Savater.
“Mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, la Patria será siempre víctima de sus maquinaciones”.
Juan Pablo Duarte y Diez.
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A partir del momento en que la República Dominicana comienza a vivir su etapa republicana, las luchas de grupos liberales y conservadores han matizado el escenario político, económico y social, formando una idiosincrasia muy peculiar de detentar el poder público y privado, que tiene sus raíces en la preponderancia de sectores oligárquicos que han asumido el Estado para satisfacer sus aspiraciones y ambiciones personales, dejando de lado los más preciados intereses de la nación. Podríamos decir que la libertad nacional parte del criterio de la autorrealización de las metas y propósitos comunes, que trazados en sociedad, permitirán una evolución que superaría el “curso normal” de nuestra historia. El sentido histórico del pueblo dominicano no podría ser interpretado si no tomamos en cuenta un mal social fundamental que impide el correcto progreso del país, y que adquiere dimensión global como una de las peores pandemias que carcomen el orden social: la corrupción.
La corrupción es una práctica degenerativa que impide una eficaz administración pública y privada, justa distribución de bienes, e induce a la población a un estado anómico que vierte la convivencia a una enfermiza lucha por alcanzar el poder de los excesos y abusos descarados. Es el principal obstáculo que tienen los pueblos para desarrollarse, en este caso la República Dominicana, nación que con adecuadas políticas públicas honestamente ejecutadas en base a un definido proyecto de país, superaría esos siglos oscuros de la historia y renovaría su dignidad como pueblo.
Abordamos el tema a profundidad en este ensayo no para enfatizar simplemente casos afrentosos de injuria social que se han constituido parte de nuestra idiosincrasia. La realidad es que parece que este fenómeno se convierte en un tema propicio para alimentar el morbo de la población, sin realmente analizar las secuelas que lentamente va dejando en la sociedad. La ciencia prima que tenemos que rescatar y promover es la ética, que según el filósofo mexicano Enrique Dussel[1] su rol actual es “detener el proceso destructivo de la vida”, ya que si “ninguno poseemos un criterio ético, la vida tendería a un suicidio colectivo” (Arland 2002).
La filosofía en su constante búsqueda por fundar lógicamente nuestros actos, y su consecuencia para nuestra realidad individual y externa. George Reisman[2] plantea una distinción fundamental para comprender las diferencias que existen entre los sistemas éticos. Dice que “en cualquier proceso social el observador puede distinguir un sistema mítico que expresa claramente todas las reglas y prohibiciones y un código práctico que dice a los ‘operadores’ cuándo, cómo y por quién pueden hacerse ciertas cosas prohibidas por las reglas” (Arland 2002).
Bajo el efecto del fenómeno de la constitucionalización, el centro de gravedad del orden jurídico se ha desplazado. Desde el siglo XIX, ese orden tuvo a la ley como eje esencial. A partir de fines del siglo XX, el eje es la Carta Fundamental. Hoy debe, en consecuencia, hablarse de principio de constitucionalidad, porque la Constitución no es ya más un Derecho de preámbulo ni otro de índole política, sino que verdadero Derecho. Louis Joseph Favoreu







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